Arrancando...


Finalmente, y luego de nuestra estadía en los pagos de la niñez con viento y tierra, tenemos el Rocinante motorizado cargado con los bártulos y los petates, y sobre todo con la obra.
Pequeño reconocimiento este para las personas que nos ayudaron a que sea posible. Queremos darle un cálido y fraternal abrazo a Mariel Avila, nuestra confraterna, por poner no sólo sus dedos accionando las consolas de sonido, sino también toda su energía y sus anginas con pus, pese al frío, al griterío de los niños y a las ampollas que la atormentaban, Mariel siempre firme, junto al pueblo, como Crónica.
A su vez, es preciso reconocer la infatigable labor de nuestra madre Silvia Perez, quien convirtiose en cura para el tósigo financiero que nos atormentaba y nos proporcionó, aparte del cobijo hogareño, el espacio para ensayar donde "sucedió la magia". Entonces, a esta incansable coleccionista de saquitos de té y amante de novelas de Agatha Crhistie, nuestro más sincero apretón de manos y la más genuina palmadita de hombro.

Y por último, y no menos importante, es sumamente necesario que aplaudamos la labor del Spregelburd Neuquino, el inexpugnable, el único, el gran Fanello. De no haber mediado la dirección del incipiente y prontamente prolífero director Sebastián Fanello, probablemente estaríamos estancados en un limbo apocalíptico de proporciones bíblicas. Es por eso, y en honor a la labor y a las directrices atinadas queremos dar un brinco y chocar los cinco dedos de la mano en el aire y al unísono para demostrar nuestra gratitud.