Apostillas de una gira para armar. Parte I.



Esto es algo así como fines de Agosto.  Hace calor y el colectivo amenaza con bandejitas de comida con no demasiado sabor y 16, 17, tal vez un poco más, de horas de viaje.  Un bártulo, dos, tres, cuatro y si contamos las menudencias, cinco o seis petates es lo que conforma mi equipaje.  El boleto reza: “1 bulto de hasta 15 kg por pasajero”.  Fácil, hay como mínimo el doble de peso entre mis cosas.  Ropa para un mes y medio, lo correspondiente a dos obras de teatro, libros para el viaje, carpetas, herramientas, etc.  La enumeración de cosas corresponde a viajar al alto valle.
De vuelta en los pagos de los que me voy constantemente y vuelvo, otra vez, constantemente, sin que ni los dioses ni el hado se inmuten en lo más mínimo. 


  







El Alto Valle tiene muchos sabores y resabios de esos gustos.  Como por ejemplo, y así comienzo:

Sabor Fanella travestida de generosidad: que tiene ciertas reminiscencias a afinidades teatrales, un dejo de embriaguez compartida, mucho afecto, aroma a arreglar el mundo o mejor dicho destruirlo en largas pláticas hasta las mil horas, proyecciones varias hacia el futuro que por más incierto que sea, no importa; pooles mal jugados, y la posibilidad de confiar ciegamente, ya sea para organizar giras como para hurgar la existencia con bebibles de por medio.

Sabor “la Gabi”: Que se construye a partir del cariño, de la incansable tarea de organizar funciones, encuentros de arte, diletaciones trasnochadas y entregas de presentes epistolares (ver aparte: http://www.tersites.com.ar/2014/10/a-modo-de-epistola-cibernetica-con-olor.html) que posibilitan la ampliación de las miradas y demases.


Sabor a Biombo: Es algo así como una conjunción de sabores que parten de la generosidad y terminan, como se suele terminar en el Club de Arte el Biombo, con una riquísima comida compartida.  En esta ocasión viene adornado con el correspondiente agradecimiento para Ricardo y Lina, quienes han sido inmejorables anfitriones a lo largo de todo el mes.


Sabor a Viento: que es un sabor apropiado, como lo es apropiarse de los espacios, y pasar como pancho por su casa y estar cómodos y hacer teatro en medio del rock and roll y salir al otro lado de las funciones llenos de placer.

Sabor a Stanley Vásquez: Que nos remite a los encuentros constantes, a los bordes y a las aristas, desde el hecho teatral hasta el último sorbo en la última noche.  Y acá me permito hacer un paréntesis.
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Goodbye Stanislavsky es un elenco de Neuquén que la rompe, en mil pedacitos.  Que toman los riesgos que hay que tomar y que trabajan apasionadamente como si les urgiera hurgarse y hurgarles la cola espirituo-intelectual a los otros.  Y al decir esto no estoy descubriendo nada ni soy un avezado observador de la realidad del teatro neuquino tampoco, sólo me remito a bajarme el sombrero hasta las rodillas y hacer reverencias estrambóticas. 
Al pie de la teta, ya la había visto, pero en su primera versión y me había parecido fantástica, y ahora, me sigue pareciendo, je.  Aun a pesar de que insisto, el audio sale muy fuerte, pero bueno, manejensen.  Santi y Eva, la descosen, pura energía y patada a las pelotas, y se contagian las ganas de abortar el flujo de los pensamientos ya caducos defendidos por los conservadores de toda la vida.
Y finalmente, después de mucho, mucho tiempo, pude ver El suicidio de la presidenta.  Que por cierto, chichis de Tersites: no hubiésemos estado a la altura, sépanlo.  A riesgo de confundir el título de la obra con determinadas corrientes de pensamientos que podríamos pensar como opositoras a determinadas personas y/o gobiernos de turno, me animo a decir que el nombre es sólo anecdótico.  Desde que empieza la obra hasta ese final genial es puro ritmo esta obra, tanto que te dan ganas de decir, oh my god!.  Todos y cada uno de los intérpretes están al servicio de la obra, solidarios con la escena hasta cagarse fluyen como renacuajos entre nenúfares.  La estructura de la obra, la economía de los recursos, los guiños dramatúrgicos, todo todito.
 Gastón, de quien debo confesarme fan, incluso antes de ver esta obra, no se destaca (y esto en realidad no es una crítica a su actuación, que de más está decir que es excelente, Rinaudo no tiene desperdicio y la Tía Norma mucho menos) porque todos están en un nivel de fantasticidad (fantasticidad de “fantástico, fantástico”) en que logran amalgamarse y fundirse, mientras se van desdoblando y partiendo cráneos y/o preconceptos.  La turca es todo presencia y el monólogo de la presidenta es sublime, “y lo prefiero”, y Oshira, y Florencia, amé a Florencia.  Santi, que ya la venía rompiendo en la Teta, no se queda atrás (bueno, a veces sí, cuando toca la guitarra, je (perdón por lo precario del chascarrillo)) y creo que Patricio Cisterna es de los mejores personajes, y me encanta Perla como versión joven de la vieja abortera.  Y Sebástiann que ha hecho algo que creí que era imposible, y no me refiero a escribir o dirigir esta obra, ni siquiera a sumarse como intérprete a un proceso de obra que ya estaba en curso, no, me refiero al hecho de poder hablar en cordobés, cubano, chileno-mendocino, santiagueño y venezolano al mismo tiempo, sí, al mismo tiempo.  Y etc.  Dejo de hablar para guardarme las babas para más adelante.  Ah, y el vestuario y los casquetes hechos por Pao Lunch son bellísimamente oportunos y atinados (y yo quiero un jopo como el de Rinaudo!).  Y se los nota a todo que se divierten como la hostia (como las hostias que se come el Gasti, que son desproporcionadamente felices)
Gentes del mundo, esta obra es para verla, dos, tres, cuatro, o más, veces y seguir viéndola.  Salud por eso.
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Sabor a digresiones con chispas eléctricas de Duchenne: Es algo como un gusto combinado de Stanley Vásquez, La Fanfarria y Tersites.  Y nos remite, quizás, a lo bizarro y a lo feliz de trabajar con gente con mucho talento y disponerse a pensar seriamente el disparate de hacer lo que se nos ocurra y así y todo descostillarnos de placer (aunque no sé si sería muy placentero arrancarse las costillas, habría que preguntarle a Thalía).


Sabor interestelar de multiplicidades cómplices y alegres danzarines del viento con tierrita de por alla:  Que es otro sabor combinado, más combinado que el anterior y tiene varias partes de Belencita que está siempre ahí ora como compañera de largas pláticas, ora como chofer, ora como espectadora, ora etc; otras de confraternos Avila que andan por ahí siempre pululando, oficiando de compañía y de cómplices, propiciando asados y degustaciones de cervezas hasta tarde; otras partes de Iru que siempre dice presente, presta a ser nuestro vínculo, nuestro nexo con el resto del mundo y se encarga de mandar incansablemente notas a la prensa, de gestionar notas y mantener  su espíritu festivo; otras de primogenitora desinteresada que da albergue y alimentación y siempre se preocupa de que todo esté bien; otras de  la muchachada de siempre que son el rodri y el mati, que están hacen mil años, y siguen estando por ahí; otra de Dieguito Tramoyo que suele oficiar de compañía, silencioso y perfil bajo, pero que nunca falta; papá Fanello que la rompió con su preparación de comida que pudiera ofender a algún vegano y generar envidia (no de la sana) en el resto de los omnívoros; y puedo seguir, pero basta, ya nunca nadie llega a leer tanto, mejor pongo fotitos.




En resumidas cuentas.  Una función del Circo en El Biombo, dos funciones en El viento, una función en el encuentro de Arte, una función en la escuela provincial de Títeres para la gente del IFD y una función del pequeño organito para el teatro, dentro de las digresiones para la nouvelle travesti.  Y el afecto.
Después de todo eso, le siguen 28 horas de viaje hasta Tucumán… pero eso será… continuará.

(Continúa en Apostillas de una gira para armar.  Parte II) (O tal vez no continua nunca... El Tinku siempre es genial.)