A modo de epístola cibernética con olor a respuesta.


Hace unos días, mi amiga Gabi Mendes (quien había organizado unas funciones para esta gira de El circo de los mendicantes (una de ellas para los estudiantes del Instituto de Formación Docente 12)) me obsequió un piloncito de papeles doblados por la mitad o recortados o etc, y me instó a leerlos con cierta sonrisa cómplice.  Hice lo propio.  Y, oh sorpresa, encuentro una serie de mensajes, entre comentarios y devoluciones, acerca de la función.
Escribo esto, porque son raras o escasas o por lo general inexistentes las ocasiones en que se puede llegar a tener conocimiento del parecer de todo un público y aprehender, de algún modo, las miradas subjetivas acerca de una función en concreto.  Y pienso, como nos excede, como nos escapa, a los intérpretes esa potestad que pensamos en algún momento nos corresponde a la hora de la interlocución.  Ese vínculo, ese pacto que se establece entre intérpretes y espectadores, se modifica sobre la marcha y de algún modo nos hace un poco intérpretes a todos y también un poco espectadores, y la real posibilidad de vislumbrar (aunque sea de modo parcial) la mirada de los otros expande considerablemente el mundito de una obra.
Pienso, y pensaba mientras leía esas notas, como una obra (sobre todo ésta en particular) que no acarrea un universo complejo o ininteligible, si no que está construida a partir de lenguajes perfectamente identificables, puede llegar a albergar la posibilidad de la multiplicidad de interpretaciones.  Y de ahí, vuelvo a partir para repensar la práctica teatral, incluso desde la perspectiva de esta obra.
Algunas personas coincidían en que habían encontrado cierto goce en la obra, aunque no estaban del todo seguras si era correcto encarar determinadas temáticas desde una perspectiva humorística.  Al punto que alguien escribió, "me gustó la obra, pero no sé si la recomendaría" argumentando que ella piensa que tal vez las personas con determinadas discapacidades o condiciones socio-económicas pudieran llegar a sentirse ofendidas.  Y de ahí, inmediatamente, tengo que pensarlo, otra vez, al rol.  A nuestros roles.  A lo que es y lo que no puede ser susceptible de ser tratado desde la comedia, e irremediablemente llego a la conclusión que es en vano preguntarme eso, porque todo es susceptible de ser leído en términos de humor.  Que no hay ni grandes temas ni pequeños si no tratamientos que se le puedan dar, y que el prisma del humor siempre es posible de ser utilizado.
Otras gentes hacían hincapié en su preferencia a la hora de elegir un personaje y coincidían en que quizás, y cito textualmente, "el rolinga" era el que más les gustaba, por el hecho de sentirlo más cercano a las cotidianidades de cada unx; por su constitución grotesca; por su liviandad jocosa; etc.
Algunxs hasta hacían sugerencias de posibles devenires de cada uno de los personajes, como la de incluir relatos de fútbol a cargo de locutores consagrados.
En fin, y con la intención de no prolongarme demasiado por estos pagos de códigos binarios y nubes 2.0, gracias a todos los espectadores de esa función en particular y gracias por tomarse el tiempo de escribir las cuestiones que escribieron.