El lento y paulatino adiós de una obra despreocupada de los pelos en las axilas y algún que otro mandato

Volábamos con la nave hacia un Neuquén que se nos presentaba como punto de partida, y mientras pitábamos desconcertados por la ruta, pensábamos en medievalidades...


Los mirlos, paridos en algunas tardes y otras noches allá en la distancia de un ayer disfrazado de hace años, por éstos días, emprenden sus últimos vuelos chillantes.

Con un postrimero esfuercito agitan nerviosos sus alas y al ritmo de los arghhh arghhhh se dan cuenta que aprendieron a decir chau.  Y con el anoticiamiento de ese saber, no tienen más remedio que migrar.
Es difícil, la agonía de una obra es difícil.  Una muerte de sacrificio en pos de lo nuevo o de lo otro o de vaya uno a saber qué.  
Ese sudor rancio de juglara descocada: saluda.  Las alpargatas, cual disisdentes, huyen por la frontera de la elegancia y hechas hilachas desahogan sus últimos andares.  Y así.  Etc.
Nos vamos hechos mirlos, pero sacudimos nuestras cabezas con gratitud cuasi japonesa, porque no podemos estar más que agradecidos con un sinnúmero de personas que han estado cerca, ahicito mismo, desde la gestación misma o durante el camino.  De más está decir que la lista la encabeza nuestro bien gozado y rimbombante director: Seba Fanello, que de no haber mediado ni intervenido nos hubiese resultado casi imposible lograrlo.   Y que le sigue Noa Agulló, cuya operación técnica ha sido siempre de una elegancia envidiable. 
La lista es larga (por suerte) y quisiéramos no olvidarnos de nadie, pero al ser este un ejercicio de la memoria nocturna, es probable que alguienes puedan llegar a no ser mencionados (en cuyo caso rectificaremos a la brevedad).  A los fines organizacionales los vamos a poner en orden cronológico.  Todas estas personas y espacios han sido, de algún modo, parte de esta obra y por eso nos parece oportuno saludarlas, aunque más no sea con abrazos cibernéticos, y agradecerles profundamente.
Y arrancamos, gracias, pero gracias gracias a: Maru Avila, Silvia Perez, Nadja Acerboni, Paula Mañueco, Jeremías Sartori, Escuela El sol, La Conrado, Chana Fernandez, La Higuera, Iván Pavletich; Natalia, Erica y Valeria Gonzalez (y sus respectivos pequeños comandos de conquista del mundo).
Tio Nelson (donde quiera que andes contemplando torcazas una y otra vez), Janitos Alfaro, Lucía Arias, Juan Pablo Idiazábal, a las bibliotecas populares de San Martín, Centro Cultural Olga Vazquez, Mariana Relli, al colectivo Volvé a la Plaza.
Al gran Lucas Torres, los pibes de Cabin 9, Caro Matos, al Aquí y ahora, al Pujllay, a los Osorio, a Regina Saenz, Germán Tolaba, Charo, George Lucas, Emilio, a las escuelitas de Alto de las juntas, Agua de las palomas, El Alamito, La Alumbrera, Cóndor Huasi y Yunka Zuma; al teatro Cara a Cara, a La Casita de la Selva, a Alejandra Quiroga, Marcela Jouliá, a las escuelas de Allen, Jorge Onofri, a La Caja Mágica; al festival Don Quike, a Augusto Pastor, Cachalahueca, a Rodolfo, Alejandro Nicolau, Chechu Sandoval, Kike Rearte, Pablo Mellace, al querido Tinku, al centro cultural Virla.
A Casa Tres Om, la biblioteca Diego Pombo, al teatro La Otra Cosa, a Mónica Berman, a la biblio Fray Mocho, a Flavio Gonzalez, al festival de Azul, y sobre todo, a todos aquellos que han expectado, que se han arremangado las gargantas para chillar y que han estado ahí.
A todos ellos, a todos ustedes.  Gracias.
El mirlo dice chau apuntándole al devenir, con la idea fija en seguir trabajando, en no quedarnos estancados en la pegajosidad de la cotidianidad.  Nos vamos para volver hechos otra cosa.
Chau mirlo... chau.


así danzaban las juglaras la primera vez, snif.