13 samurais del pretérito; 14 pecados capitales, original y duplicado.

Decí chau.  Maleducado, decí chau.  Bueno, no quiere, porque no importa.  Así que mejor me disfrazo de memorias subvertidas por el hastío y, mientras el viento chifla guarradas por los pagos y silba lascivo, me acomodo entre las cosas que quedaron y las que devendrán, en algún momento.
Meter los deditos con calma pero con saña, si lo que hay hay que transformarlo; meter los deditos, sin miedo, en el peor de los escenarios te va a morder, o en el peor de los escenarios se puede actuar igual porque el teatro era algo así como otra cosa.  Una afectación, constante, que desborda el hecho escénico.
Sí, de tanto en tanto hay como películas y películas de grasa que los hados parecen derramar en grandes cantidades sobre nosotros para que en vez de andar tengamos que arrastrarnos, sí, y están todos esos laberintos burocráticos que impiden que nos calentemos alegres y el borderaux, y los registros, y las facturas, y todas esas porquerías que van al margen (al margen feo, porque los márgenes son en su mayoría fantásticos). Sí, pero cuando eso pasa desapercibido o es denigrado a la categoría de "nos resbala" y se mueven los deditos con la potencia creadora de la transformación, sucede.  Cuac.  Pero sucede, algo.  Los dedos, la expansión, el flujo, el vómito.  Los cuerpos que sudan y se agitan, y aunque el aplauso es un extraño caso de la semiótica cultural de nuestra existencia...

A Tersites lo han sabido matar y lo han matado ignorando, también, es cierto.  Y cómo un fénix de basura, de mierda (digamos las cosas como son), puede reaparecer cuando se le de la gana, aunque esté podrido y aunque hieda, puede aparecer y ser ignorado, o pasar sin ser notado, y ser más intrascendente que algo que sea realmente intrascendente.  Y no importa.  No importa, realmente.  Tersites, supo y sabe ser feo, cojo, patizambo, a veces tuerto, jorobado, colecciona ojos y la causticidad de su verborragia a veces puede emponzoñar las gargantas de los días suicidas.  Ríe con el desafuero del desclasado y eso es una llave que no abre ninguna puerta porque te da la corona de cartón del reino de quedarse siempre afuera.

Afuera, el viento.

En un año (medida temporal bastante arbitraria, pero que no nos molesta o no nos importa) actuamos, viajamos, fracasamos, abandonamos proyectos en botellas a la deriva, desenterramos, socavamos, sentamos, hicimos, construimos, ora bailamos, ora transpiramos como condenados, bebimos y brindamos, conocimos, nos cambiamos nuestros respectivos cortes de cabellos en varias ocasiones, nos llenamos de afectos, dijimos algunos adioses y palmeamos afectivamente algunas bienvenidas.

Ahora.  En este momento, seguimos sudando, porque nos gusta sudar y trabajar.  Trabajando, a veces se nos ocurre alguna que otra idea. Y zaz.  Brindamos con todos con alegría y... mundo: ¡rómpanla!.  Allá vamos.