Neuquén sin viento genera confusión

Ya los petates empiezan a apuntar de nuevo hacia otros lares.  Queda una función el jueves, que de casualidad cósmica será en el mismo lugar donde empecé a estudiar algo que tenga que ver con el teatro, y después el retorno a los pagos donde moro.  Todo organizado por mi infatigable amiga Gabi Mendez (quien, por cierto, junto al incansable Dieguito, oficiaron de anfitriones en su hermosa cueva [tramoya dixit] donde nos pegamos una panzada y un relajo padre)
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Hace unos días la salita la brisa del teatro el Viento, atiborrada de gente, me prestó albergue para poder dialogar teatralmente con los amigos y con extraños.  Las risas grotescas que rimbombaban y las otras contenidas, y también, ¿por qué no?, caras de duda existencial impregnaban la atmósfera donde el Seba Fanello hacía las veces de médium y etc, Iru Sanchez se disfrazaba de reportera y me filmaba con cara de preocupación [la mía era la cara de preocupación], y quien suscribe agitaba muñequitos por los aires. 







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NOTA al margen  una de esas mañanas con resaca atornillada en las ojeras pasó algo extraño en las 5tas jornadas de las dramaturgias norpatagónicas.  Pero no me explayaré demasiado, aunque allí estaba Gastón, Santi, Seba y quien suscribe; sólo diré dos o tres palabras: "Mucha cultura: sin pelos en pantuflas".
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Y un día de esa semana, gracias a la intermediación de Rosario Carvajal, por allá bien lejos del centro, y gracias adonde se termina la ciudad, el CPEM 69 me abrió sus puertas para compartir el aniversario de la escuela.  Esta es una escuela muy particular porque es algo así como la última escuela que aparece en el mapa de la ciudad, allá bien arriba, bien al oeste (como reza la canción: donde está el agite).  La escuela donde daba clases Carlos Fuentealba, que a partir de su asesinato le da nombre.  Ahí, en la escuela, Compañero Carlos Fuentealba, los estudiantes y los docentes armaron una jornada donde hubo talleres, recitales, exposiciones de pintura, análisis de las realidades, inauguraciones radiales, flanes con chocolate y demases.  


Y mientras se transitan los pasillos, las aulas descontextualizadas de su cotidiano; en las pisadas no dadas, en las pausas, se escuchaba el vacío que estremece: la ausencia.  Pero en los hombros, en el pecho de los que luchan, en la espaldas de los docentes y los estudiantes que toman las postas o las inventan y las pasan, ahí: el devenir.  En esas ganas de sostener una escuela para terminar la escuela, donde la escuela se transforma no en la tediosa obligación burocrática de los que nacimos de este lado de la clase media, sino en la necesidad de hacerse de las armas para enfrentar la realidad.  Y a veces, en esas escuelas, se aprende a aplastar la realidad para transformarla.  Gracias por la calidez y hasta la vuelta.
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otra NOTA: Nada de esto hubiese sido posible de no haber intervenido Mariel y su capacidad transportística.
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